Cada uno de nuestros actos biológicos básicos —respirar, comer, dormir, beber, parir y morir— puede reducirse a un verbo. Todos menos uno: el sexo.
Existen copular y aparear, palabras que nadie usa aparte de los narradores de NatGeo, pero en español, para referirnos al acto sexual humano —hasta hace poco la única manera que tenía la especie de reproducirse—, estamos obligados a ocupar más de un vocablo.
Usamos tres palabras para “hacer el amor” o dos para “tener sexo”, y aunque hay alternativas informales, como la tradicional tirar o la más agresiva culear, ningún verbo logra condensar universalmente, para todo público, lugar y contexto, esta actividad que, según Slavoj Zizek, es “nuestro contacto con el absoluto”.
Pero las nuevas generaciones no parecen estar de acuerdo con el filósofo esloveno: si hacemos caso a los estudios en los países desarrollados, los jóvenes de hoy sexean —¿podemos decirle así?— mucho menos que sus antepasados directos.
En Estados Unidos, varias investigaciones concluyen que los millennials (personas nacidas entre 1980 y 2000) tienen una frecuencia sexual hasta nueve veces menor que los X (1960-1984) a su misma edad. ¿Será que no la consideran una experiencia trascendental, tal como lo fue para quienes crecimos en el siglo XX, o simplemente descubrieron, mucho antes que nosotros, que en el sexo la recompensa no está a la altura del esfuerzo?
Hace poco, el 36% de los encuestados por Mach, una conocida app de citas norteamericana, reconoció no haber tenido sexo el año anterior y la misma cantidad dijo escoger voluntariamente el celibato como estilo de vida (habrá que creerles). Pero parecen ser honestos: en la misma encuesta, una de cada tres personas aseguró que ser célibes mejoró sus citas amorosas.
Parecido ocurre en Inglaterra, donde los adultos están teniendo casi un 20% menos de sexo que hace veinte años, y para qué decir en Japón, donde el 43% de los jóvenes entre 18 y 34 años se declaraba como virgen el 2015.
“Tenemos miedo de abrirnos a la imprevisibilidad”, ha dicho Zizek sobre la sociedad actual, una aversión al riesgo que explicaría el poco entusiasmo carnal. “El amor o el sexo sin el encuentro sorprendente es como la masturbación: juegas contigo mismo y no te abres a los demás. Nuestro consumismo se organiza así: queremos sexo, pero seguro; cerveza, pero sin alcohol; café, pero sin cafeína; chocolate, sin grasa. Queremos jugar con seguridad”.
El coronavirus también hizo contagiosa esta disminución libidinosa: aproximadamente dos tercios de las personas está teniendo menos relaciones sexuales que antes de la pandemia. Los contagios y las muertes desaparecieron pero no así el miedo a relacionarnos con desconocidos: una de cada cinco personas solteras estadounidenses dijo sentir menos ganas de ser tocada (2021), y el 40% de las mujeres sin pareja no quiere ser saludada con un apretón de manos. ¿Un abrazo? No, gracias.
Mientras la cultura derriba aceleradamente las barreras, tabúes y prejuicios impuestos durante siglos a la sexualidad, los datos confirman la contradicción de esta era: nunca fue tan fácil, pero al mismo tiempo nunca tan difícil, tener sexo.
Algunos acusan a la pornografía, con su infinito contenido a la carta, distante a solo un par de movimientos de pulgar, de deformar las expectativas de los adolescentes, como también de atraparlos en un vórtice de fugaz y solitario placer.
Es lo que predica gente como Gary Wilson, un psicólogo que, en su popular charla TED, anuncia una epidemia de disfunción eréctil a causa de la adicción a masturbarse viendo porno.
Más que una causa, es probable que el consumo intensivo de pornografía solo sea otro síntoma de este enfriamiento generacional, una consecuencia más del “hedonismo depresivo” que describía Mark Fisher, ese estado propio del capitalismo tardío donde reina “la incapacidad para hacer cualquier cosa que no sea buscar placer inmediato”.
Una relación sexual —ese acto que no tiene verbo— se busca casi siempre por placer, pero no se obtiene con inmediatez. Si es consentida y no pagada, requiere de salir, de hablar, de escuchar, de seducir. De ceder, de esperar, de fallar, de reintentar. Todos ellos verbos a los que nos hemos desacostumbrado bajo el consumismo digital, cuya promesa de gratificación instantánea —el siguiente capítulo que se reproduce en 5 segundos, el auto que te pasa a buscar en 4 minutos, la comida que llega en 10— atenta contra la planificación del deseo.
“Seguimos creyendo que podemos meternos en una app y ‘descargarnos’ a alguien que cumpla con todas nuestras expectativas”, ha dicho Judith Duportail, autora de El algoritmo del amor, una crónica donde se sumerge en las mecánicas de Tinder y otras aplicaciones de citas para mostrar cómo manipulan los datos y afectan las relaciones de quienes se pasan los días y sobre todo las noches deslizando en su celular fotos de personas desconocidas a la espera de hacer match.
La suposición de que estas app facilitan el sexo casual se descarta pronto, al menos entre los heterosexuales. Así lo calculó un treintañero en este largo reportaje de The Atlantic: de cada treinta likes que hacía en Tinder, solo obtenía un match; y de cada diez mujeres con las que hacía match, solo una le devolvía el mensaje. Es decir, debía deslizar a la derecha a unas 300 mujeres para poder obtener una sola conversación.
“Para la mayoría de los hombres, es como gritarle al vacío”, explicó el tipo. “Y para la mayoría de las mujeres es como buscar un diamante en un mar de fotos de penes”.
Se espera que los usuarios de las apps sepan al instante, a partir de un par de fotos y algunas categorías, si se sienten atraídos o no por otra persona, “lo que vuelve binario al proceso emocional”, según la socióloga Eva Illouz. “Esta lógica se parece mucho más al funcionamiento de un procesador informático (con sus 0 y sus 1) que a lo que tradicionalmente se considera una comunicación que relaciona a dos personas”.
Lo que habría que preguntarse es por qué llegamos a las apps y abandonamos los bares, las fiestas, incluso los ascensores o las micros como espacios de conquista. Seguramente porque la incomodidad de esa interacción inesperada, inicio de los mayores romances —reales y ficticios— de la historia, se confunde hoy con una invasión indebida de la privacidad: el 2017, casi el 20% de los estadounidenses menores de 29 años creía que un hombre invitándole un trago a una mujer constituía acoso sexual. Y seis de cada diez solteros se sentirían más cómodos en una primera cita si antes realizan un encuentro por videollamada.
Con un mundo sin más futuro que la distopía climática, la restauración autoritaria o la tercera guerra mundial, no están los ánimos para correr riesgos. Si la humanidad se acerca a su extinción, mejor pasarla en nuestros estrechos departamentos, pensando qué comida pedir por delivery, y no sometiéndonos a las inciertas pero trascendentales emociones del sexo.
“Quizá tendríamos mucho más sexo”, me dijo alguien alguna vez, “si no llegáramos todos los días a la casa a poner Netflix mientras vemos el celular”. Pero esa diversión, bastante menos excitante que juntar el cuerpo con el de otra persona, al menos es más rápida y segura. Si es que tienes buena conexión a internet.





El tema va un poco más allá del sexo. El sexo en esta era digital se ha vuelto un acto más de consumo, una simple acción masturbatoria. Lo que realmente desea el ser humano, a mi criterio, es una conexión auténtica, real, genuina, sentirse parte de algo más grande y trascendental, el sexo es un vehículo para ello, pero al convertirse en un acto mecánico donde no hay entrega, pasión, ternura, deseo, pierde su significado, ya no conecta, ya no une, sino que nos vacía más por dentro. ¿Miedo? Claro que tenemos miedo, es una herencia, además no queremos andar dejando hijos regados por ahí. Por otro lado, ¿qué la gente follaba más antes? Pongo en duda el consentimiento de las mujeres por lo menos, que obligadas a seguir un mandato social eran propiedad de sus maridos, se imponía el deseo masculino de follar y satisfacerse a sí mismo. También veo que los hombres tienen un poco más de conciencia frente a su papel como padres, a las generaciones de antes no les importaba mucho andar dejando hijos regados por el mundo. En fin, un tema interesante, para mi el foco no es el sexo sino la pérdida de conexión humana, de aislamiento y soledad por el miedo profundo y la percepción del otro como una amenaza, un miedo muy femenino. En el caso de los hombres, el miedo a ser vistos como acosadores, la pérdida de esa masculinidad que lleva a la iniciativa, al deseo, a la "conquista". Una crisis de valores que están siendo redefinidos por las nuevas generaciones y un inevitable devenir a la era tecnológica qud nos aísla de los demás.
Me resulta curioso que nuestra generación esté teniendo menos sexo que la anterior justo cuando se ha alcanzado mayor libertad sexual. Me pregunto si esos estudios se refieren a frecuencia en pareja o cuando estamos solteros. A que edad se alcanza el pico y tal.
Entre personas LGTB se da que hay demasiado culto a la libertad sexual, al encuentro fugaz, y muchos terminan por desarrollar problemas de apego.
Otro punto interesante es el porno. Tengo varios amigos que me han confesado que ver porno les ha afectado su desempeño sexual. Es preocupante la verdad.